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Fue en 1998 cuando por primera vez salí de España con destino al sudeste asiático. Era la primera vez que hacia un viaje tan largo y para colmo a un destino tan poco conocido por mi como era Asia. Mi amiga me lo vendió como el país de las sonrisas. Solo con ese nombre ya me llamo la atención y me quito un poco ese miedo a lo desconocido.

Y así es, Tailandia en 1998 era el país de las sonrisas. La mayoría eran sonrisas gratis al grito de “¡Sawadee!”, y aunque ya había sonrisas corrompidas en Pattaya o en algún barrio de gran ciudad como el Patpong, en la mayoría de lugares aún se respiraba un ambiente alegre, “sano” y mágico. Y con esto no quiero decir que la magia se haya acabado, ya que para mí Tailandia es, y será, siempre mágica, especial y un lugar al que iría una y otra vez. Pero aquellas sonrisas, han ido tomando un talante más serio, en algunos casos durante un regateo y en otros al pasear por un barrio local. Mi sensación es que antes se te veía como un desconocido a conocer, como una fuente de ingresos  a tratar bien, como un invitado, y a día de hoy eres prácticamente un dolar andante que todo el mundo quiere agarrar.

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Volví en el año 2009 y ahora en 2016 y el tailandés ya no da tan cálidamente la bienvenida al turista. Tampoco quiere conocerlo tanto pero sí que quiere seguir arrimándose para sacarle los dólares con talante serio. Entendámonos, hay tailandeses encantadores y encantadoras, muchos, muchísimos, y Tailandia sigue siendo preciosa, incluso para mí un país para vivir y continuar visitando una y otra vez, pero como opinión personal, hay que ir quitando esa etiqueta de “El país de las sonrisas”. Era una lástima pensar que “El país de la sonrisas”, una etiqueta tan bonita, había dejado de existir o eso parecía.

El 3 de Marzo de 2016, de año sabático por el sudeste asiático, entre en la desconocida Myanmar por Yangon (Rangún), y digo desconocida porque, aun a día de hoy, hay lugares controlados por los militares del país los cuales no pueden ser explorados.

Fue un impacto grande. Aquel lugar no tenía nada que ver con lo que había visto hasta entonces por el sudeste y llegué a dudar si Myanmar pertenecía al sudeste asiático o no.  Las caras, las calles, los olores, aquellas faldas que llevaban los hombres, el tanaka en las caras…todo era nuevo, diferente, y rápidamente empecé a pensar que debía explorar bien el lugar porque ya olía a “especial”.

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No tarde ni un día en darme cuenta de que además de ser el turista me había convertido en la atracción. La gente me miraba, me sonreía y me preguntaban si necesitaba ayuda, donde iba, de donde era, que si futbol o que si me gustaba Myanmar. Pensaba que tras esos momentos de simpatía llegaría la pregunta “Necesitas un guía, hotel, chica, bum bum”. Pero no, la pregunta no llegaba y la gente seguía su camino y yo el mío. No me lo podía creer. Estaba fascinado.

Tras dejar Yangon me fui dirección a Hpa-An. No tenía alojamiento  contratado previamente. Llegue a las 3 y media de la mañana y el bus me dejo en medio de ninguna parte, cerca de una torre con un reloj. Un hombre que había conocido en el bus me pregunto si tenía donde alojarme, de nuevo ya me imaginaba que me iba a ofrecer el hostal de su padre, abuelo, amigo o lo que fuera. Pero no, no fue así. Al decirle que no tenía alojamiento se ofreció a acompañarme a ver alojamientos pues a esa hora estaban muchos llenos y otros cerraban por la noche, algo curioso, y que si no encontraba nada podía dormir en casa de su madre en el sofá.  Me acompaño, me llevaron en moto, de un lado a otro y me acompañaron durante más de una hora, a las 4 de la madrugada (tras 6 horas de autobus), a buscar alojamiento sin interés alguno. No me dejo ni pagar la moto-taxi.

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A la mañana siguiente tuve que cambiar de alojamiento. El hostel donde había dormido esa noche estaba a unos kilómetros del centro. Hacía mucho calor y caminando hubiera muerto en el camino (irónicamente hablando). Alcé mi dedo para hacer autostop y creo que aún no lo había acabado de levantar cuando ya una furgoneta se estaba parando y llevándome al centro de Hpa-An.

Mi estancia en Hpa-An, tanto por lo bonito del lugar como por su gente fue de lo más especial que he vivido viajando. No hice puenting, no me tire en paracaídas, no hice buceo o rafting, no hice ninguna actividad especial, pero todo la estancia fueron un cumulo de momentos especiales con la gente del lugar.

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Hpa-An

Seguí mi viaje y continúe disfrutando de la gente y de los lugares. Me fasciné con los amaneceres y puestas de sol en medio de los templos en Bagan. Caminé tres días desde Kalaw al Lago Inle, durmiendo en pequeños pueblos que lo único que sabían de turismo era los turistas que pasaban por su pueblo de trekking. Vi como y donde vivían los pescadores del lago, sus pequeñas casitas sobre el mar. Viaje en tren de Hsipaw, viendo unos paisajes preciosos y cruzando un puente que quitaba el hipo.

Incluso la policía, tan temida para muchos, ya que en algunos destinos también te intentan sacar los dólares de alguna forma, se portaba genial. A mí me acompañaron hasta las taquillas de la estación de tren para pedir explicaciones a los operarios del porque se había cambiado la hora de salida hasta 3 veces en menos de dos horas (debía salir a las 4 de la mañana y acabo saliendo a las 10), después a la consigna para decirles que no me cobrasen por dejar la mochila temporalmente allí.

Tengo tantas y tantas anécdotas por contar sobre la gente en Myanmar que podría escribir mucho en este pequeño artículo.

Myanmar es un destino muy poco explorado, lo que hace que aún no haya sido “corrompido” por el turista occidental y sin duda es uno de los destinos más auténticos del sudeste asiático, el nuevo país de las sonrisas a la voz de “Mingalabar!!!”

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